Dia 27. Sábado.
Cierro los ojos y aun escucho el bullicio. Un enorme corazón que late al son del bramido de los viejos ciclomotores, los carros, pisadas, claxon de los taxis, el almuhédano y las voces en la calle. Marruecos se contrae y se vuelve a lanzar en todas las direcciones, en la ciudad que una vez fuera capital del reino, entre las callejas, las terrazas, Dja el Fna, los cafés y los alminares. La plaza, hecha una gran bola de fuego en la que se hierven miles de transeuntes, muestra la cara local de este bullicio, con su cambiante tamiz, que va evolucionando a lo largo del día. Hemos llegado a la puesta de sol, a la mutación del comercio a la cena, y todos los puestos de braserías se nos abren con sus números intentando el reclamo de todo el que pasa por allí. Pero antes de nada, el ineludible zumo de naranja nos abre las resecas gargantas y nos recuerda que llevamos ya varias horas dentro de este gran corazón, bombeándonos de carretera en carretera en busca de los destinos, que marcarán un antes y un después, como cada año, en nuestra experiencia sobre Marruecos.
Toda esta historia, una vez más, ha comenzado en Algeciras. Allí nuestros grandes amigos J Luiz y Carmen nos esperaban, más tarde que otros años, para subirnos a ver el Pollo que tiene en el despacho. Ya lo veréis por fotos. Y de su hospitalario hogar, a cenar también el Pollo que ya es tradición y waypoint en nuestras bajadas al Sur. Las risas, la expectación y el nerviosismo regados con el buen humor nos daban de comer con el mar de fondo antes de fijar rumbo a Tarifa. Este año, hemos hecho algo que no está nada mal: Dormir en la misma ciudad de la que salimos, en la pensión Facundo, que ha dado bastante juego, por lo barato y lo bien que estaba para estos casos (estar todo juntos). Así, a la mañana, estábamos descansados y junto al puerto, listos para embarcar.
En la explanada de este nos esperaban ya Jairo e Isidro, con sus acompañantes, Serafín, Esther y El Cuñao (otro de tantos en el foro y el viaje), además de un buen puñado de TT que bajaban a la par que nosotros. Lo demás es de sobra conocido: prisas, sacar tarjetas de embarque, mover los coches por la cola, guerrear con la policía portuaria y su falta de organización (iban colando a los que llegaban los últimos) e intentar estar cerca dentro del barco para el desembarco y la aduana marroquí. Luego rellenar y sellar pasaportes... y echar el ratito en cubierta. La conclusión de esta primera fase de ajetreo, es la de intentar otro año sacar o billetes con el número de pax que realmente va en cada coche, para evitar problemas si se vuelve otro dia por culpa de cualquier incidente.... pero no ha sido el caso, menos mal. Aunque por pocas…
Así que al rato, allí estábamos, en la aduana, que se ha dado como siempre, despacito. El tiempo justo para cambiar dinero, y tirar millas, de modo que llegásemos a Marrakech a buen ritmo por la autopista, al atardecer, con parada a comer algo en una de las numerosas áreas de descanso (que no de pernocta) que hay por la carretera. Una etapa casi solo de kilómetros, pero que nos pone en el Sur sin emplear más tiempo del necesario en ello.
Y allí estábamos. Ante los ojos incrédulos de los nuevos, esto si no es por video no se entiende, los coches se abrían paso entre una multitud rodante y pateante que es la fauna que uno se puede encontrar en Marrakech, algo así como la Sevilla de Marruecos, ciudad sureña, abierta, cara, calurosa e insolente, a la que no nos cansamos de ir. Como el tiempo era justo, es lo que toca en los finales de etapa, fuimos directos al aparcamiento vigilado del hotel y sin descargar nada de los coches, a la plaza a tomarnos el te en una de sus terrazas con las últimas luces del día. Luego, más tranquilamente, nos llegamos por el hotel a repartirnos las habitaciones, y dejar los bártulos. Descargar y cargar los coches ha sido todo un ritual, en el que cada grupo nos buscábamos nuestro sistema para gestionar el espacio disponible de la mejor manera y en el menor tiempo posible. Nada sencillo yendo cuatro, y no precisamente de turismo, pues el material de rescate, las tiendas, sacos, esterillos y herramientas ocupan más que la ropa. Repartidos en las 2 plantas del hotel, que estaba más lleno que otros años, teníamos incluso habitaciones que daban a la terraza que mejores vistas debe tener de la Kutubia, la mezquita principal, en esta ciudad.
Y de nuevo a la plaza. Aprovechando la cercanía, estábamos recorriendo los puestos de comida que hay en el centro en busca de dos recomendados, que no encontramos. Luego volvimos a uno bastante aparente, y cometimos el error de no regatear antes de sentarnos. El toque de atención que necesitábamos para espabilar y dejar de hacer el guiri desde el primer dia, que salvamos in extremis cortando el grifo de cosas que nos ponían sin haber pedido y regateando antes de la cuenta. Porque unas brochetas cutres por 60 Dh no las habíamos pagado hasta la fecha… en fin, tocaba comida en la plaza y eso hicimos, el entorno lo valía.
Tras otro zumo, y un pequeño paseo, subimos a la terraza del hotel a tomarnos un trago (madre mia lo que traía esta gente “en especias”) y los ojos fueron los que dijeron que había que dormir, pues al día siguiente nos esperaba una larga jornada, y las intenciones de ganar algo de tiempo para luego invertirlo en el desierto. Nosotros, porque Marrakech parece no descansar nunca…