Dia 29. Lunes
De La Kasba hasta Zagora era todo asfalto. Se había levantado un día ventoso, y en el trayecto no destacaban demasiados puntos de interés hasta la mencionada ciudad, por lo que fuimos avanzando ansiosos por ver el desierto en los parabrisas. Jairo le tiró esta vez delante, con Isidro, pues quería pasarse por el taller de “Mohamed el Gordito”, a que le escuchasen el rascado que daban algunas marchas del cambio del Kia. Pero la velocidad yendo el primero le costó una multa de 200 Dh, un poco dudosa, pero no se le dio más importancia. De modo que entramos en Zagora hablando por las emisoras para encontrar el Land Cruiser, que debía estar en la travesía. Y debimos pasarlo, mientras recordábamos el albergue en que durmimos años atrás, “El Corte Inglés Beréber” y las otras cosas que nos traían recuerdos de nuestra pasada estancia en esa ciudad. La cuestión es que por las emisoras quedamos en vernos en el letrero de “A Tombuctú 52 días en Camello” mientras localizaban a Javi, y así lo hicimos. Me alargué hasta dicho letrero, que recordaba porque habíamos llegado a Zagora por pista desde el Norte hacía 3 años, y allí los esperamos. Pero, ignorantes nosotros, había 2 carteles, “el bueno y el malo”, y estábamos en la imitación. Total, que como faltó diálogo y no nos entendimos, al menos de un coche a otro, en esa foto solo salimos los 4 de mi coche… y seguimos palante para que diera tiempo a pasar por unos huertos de palmeras que nos recordaron bastante a los de Elche, pero como unos cientos de años atrás.
Se hacía la hora de comer, y de repostar para la siguiente etapa, cuestión de vital importancia ya que iba a ser de desierto y había que cargar hasta la boca. De modo que nos paramos en una gasolinera en la que me di cuenta de que hay que llevarse pegatinas para ir poniendo por Marruecos, si no parece que ni se ha pasado por algunos sitios… Preguntamos in situ por algún lugar para comer, y nos malguiaron a un garito en el que tardaron una eternidad para darnos de comer… y del que debíamos haber seguido adelante porque no sirvió nada más que para sortear y discutir sobre si la tormenta de arena que había nos iba a dejar movernos por Erg Chegaga.
Ya más relajados dimos el empujón final hasta Mhamid, donde nos equipamos de pañuelos azules para enfrentarnos a la arena, y enfundados en nuestro uniforme, con unas pintas que si nos paran en España nos dejan a la sombra 13 años, uno por barba, nos metimos en el rio de arena. Afortunadamente, conforme entrábamos el aire paraba, no el calor de 35 grados, y pudimos disfrutar durante las últimas horas de luz de una entrada en el desierto francamente espectacular; vegetación, suelo, luces, colores… todo nos recibió con su mejor cara, tras enseñarnos y advertirnos de su fuerza, para redondear la jornada y que llegásemos a la meta como siempre, llenos.
No sin antes hacer una paradita en el Oasis Sagrado, un lugar digno de visitar en el que ahora hay un albergue de haimas, palmeras, y un Land Rover Santana Pick Up con más años que cualquiera de nosotos, hecho en mi pueblo. Fotos que van a quedar en nuestros álbumes de por vida.
El lugar escogido finalmente para dormir, por recomendación de la oficina de turismo de Mhamid, fue un grupo de haimas al más puro estilo tradicional, en medio de la arena y alrededor como ocurre en estos casos de un pozo, inhóspito, seco, pero lleno de la hospitalidad que se necesita en estos finales de etapa. Volveremos. Nos ofrecieron un par de las más grandes para cenar (qué ricas las sardinas picantes, las que nos comimos y las que nos dejamos en una bolsa allí…) mientras nos preparaban con la luz de nuestros frontales otras para pasar la noche. Los mismos chicos que luego compartieron parte de nuestra alegría en la sobremesa.
Una noche calurosa, enfatizada por los muros de barro que habían atrapado el calor para ir soltándolo poco a poco compitiendo con el fresco que entraba por la cortina de la entrada. En aquel silencio, con aquella oscuridad, respirando aquellos olores a lana y arena de aquellas gentes que parecen no pasar nunca calor… volvimos a dormirnos soñando con lo pasado y lo que nos depararía otro día de emociones fuertes, en medio de la arena de Erg Chegaga.