Día 30. Martes.
Era el gran día. Amanecíamos rodeados de arena e íbamos a permanecer en ese medio varias horas. En lugar de hacer un rodeo por el norte recorriendo los wpt que me habían facilitado, íbamos a atravesar una lengua de arena de 25 km en línea recta, que zigzagueando se duplican, para “atajar”, en el sentido que le da Javi a la palabra, hasta encontrar de nuevo el track al Oeste. Y empezamos desde la misma zona de haimas, tras recoger, asearnos, desayunar y pagar.
En la primera fase, indicada por el dueño del alojamiento, el avance fue fácil, hasta una poza en la que caí con el path y de la que tardamos más en salir por culpa de algún cabezota que pensaba que allí se podía hacer una paella… estos cocineros… pero una vez en marcha de nuevo, el avance fue relativamente sencillo y dinámico, a pesar de que el viento del día anterior nos había dejado la arena con las crestas en contra, blandas y con escalones. Éramos un grupo con algo ya de experiencia en arena, todos con reductora, y a pesar del lastre de ir los 4 con equipaje en el coche, que se nota una burrada, pasando de los 2500 kilos muy de largo, nos divertimos de lo lindo siguiendo los puntos que marqué desde casa en el google earth en las zonas duras. Algo muy recomendable en este medio como pudimos comprobar, pues siempre van a servir de salvavidas en caso de necesitar salir del desierto.
Así que, a pesar de que al Sur había una gran zona dura que facilitaba mucho las cosas, nos recreamos en la arena hasta llegar a la zona del Lago Iriki, sin por ello perder más tiempo del que habíamos destinado a aquella fase de la etapa de ese Martes. Todo trascurrió sin más percances que una bigotera frontal del paragolpes del path arrancada y el parachoques trasero del Toyota por los suelos, debido a los ángulos tan fuertes con que teníamos que sortear las dunas.
La zona del lago, espectacular. Una llanura inmensa, agrietada, reseca por la escasez de precipitaciones, en la que apenas se hundían los neumáticos en algún punto que conservaba algo de humedad, y en la que cualquier señal de agua era un mero espejismo. El viento seco, la claridad del suelo y la falta de sombra, nos llevaron hasta una zona de árboles bajos en los que hicimos la obligada parada a reponer fuerzas y alimento. A la par que subíamos presiones para el suelo, ahora duro.
Se habían acabado las dificultades, quedaba una etapa de predesierto hasta el asfalto, de unos 90 kilómetros, y como los de mi coche estábamos comidos y bebidos un poco antes que los demás, comenté ir saliendo para llegar al destino, con un rio, una gran poza y alguna cascadilla, disfrutando de luz de día. Pero a nada de echar a andar vi que por mi retrovisor Jairo e Isidro se me unían, de modo que los que avanzábamos éramos tres en lugar de uno o dos coches.
Y así fuimos un rato, con Javi en la emisora al alcance, parando algo más que nosotros a hacer fotos, hasta una zona en la que la arena cruzaba la llanura a ras del suelo y en la que hicimos tiempo para no distanciarnos demasiado. El paisaje de esa zona está realmente espectacular, con ramblas de arena, dunas bajas, suelo negro y gris, y árboles de estepa. Así que decidimos seguir tirando suponiendo que el Jeep nos seguía a su ritmo, haciendo más paradas para disfrutar de aquello. De hecho, lo último que escuchamos por la emisora fue “tiradle, que vamos a coger una cosa del maletero”. De modo que tras un trecho sin comunicaciones, decidimos parar en una pequeña meseta bastante escarpada para recuperarlas. Y allí estuvimos hora y media, mirando por los prismáticos, y esperando un rastro o señal, intentando evitar hasta el último momento, por la escasez de combustible, hacer el camino de retorno y confiando que tarde o temprano llegarían ya que no había ninguna duda en el itinerario en aquella inmensa llanura y el track debía pasar forzosamente por allí. No parábamos de preguntarnos cómo no podíamos captarlos, si no nos habíamos alejado tanto. Algo no cuadraba.
Entonces vimos a lo lejos polvo y unos coches acercándose, uno, dos, tres… no eran en Jeep, pero al menos debían tener noticias de ellos, de modo que les salimos al encuentro. Se trataba de un grupo de portugueses que iban hacia Tata, ya algo tarde, y que se habían cruzado con los nuestros hacía una hora, cuando retrocedían buscando la antena que se les había caído. ¡Por eso no nos escuchaban, a pesar de que la distancia inicial no había pasado de los 10 km! Tras hablar un rato con ellos y pasarles unos puntos para que vieran el río en Tissint, echamos a andar de regreso hasta encontrarnos con los perdidos… Y por fin seguir en la dirección de marcha en medio ya del atardecer.
Antes de llegar al asfalto, alcanzamos el cauce de un rio que días atrás debía haberse desbordado dejando un lecho de piedras bastante roto y por el que dimos algún castañazo en los bajos. Luego, un pick up del ejército, nos salió al paso ofreciéndose a escoltarnos hasta la carretera, opción que rechazamos cortésmente tras echar un rato de cháchara sobre las gentes de ambas culturas, el trayecto… etc. Era un momento inolvidable, allí, en medio de la nada, cerca de la frontera con Argelia, hablando con unos militares metidos en unos monos verdes, de ronda nocturna…
Ya exhaustos, de tanto ajetreo vivido, entrábamos en Tissint en busca del río, un lugar en el que dormir, pan, y poco más, porque de no ser por el enclave… no merecería la pena la parada. Allí encontramos entre unos y otros el lugar ideal para plantar las tiendas, nos metimos en el rio a quitarnos la arena (a pesar de que la temperatura era al menos 10 grados inferior a la de etapa anterior) y cenamos, que falta nos hacía…