Lunes 9 de AbrilFue hace una semana y pico, pero qué diferente y lejano es estar sentado aquí en casa y amanecer allí en el Erg de Ouzina. Solo quien ha ido sabe lo difícil que se nos hace volver a lo cotidiano y dejar atrás el ritmo que siempre acabo aludiendo, implícito a esos viajes en los que terminas siendo parte del medio por el que te mueves.
Bien temprano entraba por la ventana el olor a leña quemada de las calderas, básicamente unos termos eléctricos desechados en algún país occidental y llevados allí a seguir cumpliendo su misión de dar agua caliente al viajero. Desayunar y cargar el equipo, con las cajas de material escolar repartidas, marcó el inicio de una etapa que iba a ser muy corta, pero que, como siempre, nos dejaría casi de noche en el destino. Pero no adelantemos acontecimientos.


Íbamos a llevar el material a la aldea de Ouzina. Lo mejor era que Jordi, atraído por el carácter de los que íbamos en esta cruzada, se apuntaba gustoso a acompañarnos. Debió llamarle la atención la forma tan sana que teníamos de desgañitarnos por las noches. Pero además, las chicas, tras un día de ruta completo con el grupo, empezaban a destaparse, y ya nos estábamos riendo de lo que podía llegar a hablar la Mariweber antes de tomar de nuevo aliento. De Guinnes. Así que partimos a la aldea, a la par que disipábamos las dudas sobre si el Path gris podría seguir o no el grupo. Los que íbamos dentro nos tomamos con sentido del humor lo botes que daba cuando pasábamos cualquier tipo de bañera, pero, como todo, tiene un período de aprendizaje, y creo que ningún otro día botamos tanto como los primeros kms hechos sin amortiguadores. Acelerador, freno, suavidad, y cada vez un poco mejor. Ahora faltaba pasar la nota de lo que se resentirían las transmisiones y rótulas por el mayor cimbreo... Pero e insisto en ello, sin balonas, esto no habría sido posible.




La aldea de ouzina es un conjunto semi amurallado de casas todas de adobe, que se protegen como pueden del viento y las tormentas de arena, en el que Jordi y otras personas han ido aportando una mano de ayuda que donde primero se ve es en su apertura hacia los occidentales, en cómo nos miraron y trataron desde que llegamos. Al aparecer por la escuela, el maestro, que tenía 3 niveles distintos en el mismo aula, nos integró en la clase como si fuésemos la materia más importante a dar en el día, y nos enseñó abiertamente todo lo que quisimos y más, sobre los métodos, los chavales, el material del que disponían (hasta unos ordenadores les habían traído que mimaban como oro en paño), y el funcionamiento de la pizarra, para atender a esa diversidad del aula.












Allí pudimos hasta fotografiar el alfabeto bereber, que se utiliza de izquierda a derecha como el nuestro pero que consiste en pictogramas, y los trabajos de dibujo de los chavales, algo muy positivo para que los míos vean cómo un mismo concepto gráfico varía de un país a otro. En fin, que hasta vimos cómo hacen el pan, en un sitio en el que te haces humilde, pero que a la vez te puede enseñar mucho sobre la verdadera felicidad.
Y como la etapa era corta... seguimos las ofertas de Jordi, y dimos un primer rodeo para acabar en el track pasando por unos sitios impresionantes... y otro más, para llegar hasta una garganta que ni en las fotos podéis apreciar. Definitivamente, el año que viene, 3 días en Ouzina. ¿Que si hubo eslingadas? Medidas en la misma proporción que el disfrute de los eslingados. Hasta en el sitio más inverosímil, por no bajar presiones al estar en medio de una ruta pedregosa a trozos, puedes acabar enganchándote. Hubo una rampa de arena que se le resistió a más de uno, pero al final todos pasamos. Sí, son sitios infranqueables sin reductora. Y así nos dio la hora de comer. Nos despedimos de Jordi, hasta el año que viene, y enfilamos a las inmediaciones de Remlia en busca del cobijo de una acacia.


Comida, cada día un menú diferente, las hornillas a tope, las mesas y las sillas de director (ejecutivo) padentro y pafuera, el café... ha sido un Marruecos de disfrutar cada momento, sin prisa pero sin pausa. Organización alemana con la filosofía española...

Y llegaba el momento de ver por dónde cruzábamos el río de fes fes, que por las lluvias que caían al norte, podía llevar agua. Fuimos siguiendo todo el rato el track que me había dibujado Jordi en el pc de coche, hacia una zona de dunas móviles, y un cruce con posible barro. Lo primero, las dunas, serían móviles en sus ratos de ocio, pero dejaron a algún coche clavado por hacer la gracia de la foto con uno encima de cada una de ellas. A pesar de ellos, conseguimos cruzar más o menos pronto, ya estaba cayendo el sol, hasta la última pared de arena que formaban. Llegamos, más aun, hasta un punto en que decidimos asomarnos a pie a ver si había barro o no, pero el rumor que escuché de fondo más que a barro me sonó a agua... "chicos, tenemos delante un pedazo de río de 20 metros de ancho". Habíamos menospreciado la cantidad de agua caída, y ahora teníamos que cruzar aquello de alguna forma.







Sin perder tiempo, seguimos unos cuantos el pateo aguas arriba con la esperanza de encontrar una zona estrecha, o de piedra, pues la orilla era una barrera de barro arenoso infranqueable ni a pie ni en coche. Ortofotos, mapas de garmin, mapas de los que me pasó nuestro amigo la noche anterior... el pateo no daba resultado y había que actuar ante aquel obstáculo natural antes de que cayese la noche. Javi y Tembo fueron a explorar al sur, y dieron con unos suecos que decían haber cruzado. Les indicaron la posición de paso y nos juntamos con las emisoras en el punto, para una hora y media después de haber llegado al rio, por fin, atravesarlo. Solo hubo que dar con una zona pedregosa... que en las decenas de kilómetros del paso podría haberse hecho eterno.
Ahora solo nos quedaba la bajada por el desfiladero de Mharrech, muy bonita (dicen) de día, y que acabamos haciendo en plan libre albedrío en la oscuridad de la noche del desierto. Focos al poder... bajo el ritmo de semana santa de la carga dando saltos en mi maletero. Estábamos allí para disfrutar, y después de un día entero haciéndonos al coche sin suspensión, no íbamos ya a dejarlo mientas la mecánica nos lo permitiese. Y en eso y otras cosas estábamos pensando cuando vimos por fin los exteriores de los albergues de la garganta. En el nuestro nos esperaban ya ansiosos, para darnos a grandes dosis la hospitalidad, en forma de descanso, ducha, cena y tertulia sin la que cada jornada no sería lo mismo.
Otro sitio en el que repetir, enormemente recomendable, y otro acierto de este año. Entre risas, les alegramos la estancia también a los locales, y nos fuimos apagando hasta que fue la hora de dormir. Prueba superada. Seguimos adelante.
PD. No quiero dejar de agradecer a Jordi la hospitalidad y consejos con que nos ha recibido. Espero que muchos más de este foro lleguéis a conocerle.
Al llegar tocó resolver el problema de la batería menuda mierda no dejaba de escapar líquido...
